Estaba sola en el apartamento. Por la ventana se lograban divisar las nubes grisáceas y las gruesas gotas de lluvia que golpeaban contra el pavimento. Todas las ventanas estaban cerradas, pero al interior de las habitaciones se sentía como si la borrasca estuviera recorriendo cada rincón. Ana, pese a estar debajo de tres capas de cobijas, no podía dejar de temblar, sentía como si el agua helada que azotaba las calles estuviera circulando a través de sus venas y progresivamente permeando sus huesos. Ella se estremecía entre las cobijas, rogando a Dios que el movimiento le permitiera sentir algo de calor.
Sus manos estaban entumecidas, su rostro pálido y el ritmo cardiaco cada vez era más débil. Su respiración era lenta, pero entrecortada - Señor, ¡ayúdame! ¡AYÚDAME! – suplicó entre llantos. Permaneció callada unos instantes, rezando para hallar la fortaleza para salir de su tormento - ¡Dios! ¡Tienes que ayudarme!
- Dios te ha dejado
abandonada querida – dijo una voz susurrando. Ana movió los ojos, con temor y
confundida, para hallar quién era aquel que había hablado - Dios se cansó de
sus criaturas, las dejó a merced del destino – ella observaba desesperada cada
esquina de la habitación, sin embargo no logró hallar al dueño de aquellas
palabras - ¿¡Quién es!? ¿¡Qué es!? – Preguntaba frenéticamente, mientras el temblor
en sus manos se agravaba – Eso no importa querida, solo vine a acompañarte en tus
últimos momentos.
Posteriormente, sintió como un par de manos, húmedas y con
olor putrefacto, le acariciaban el rostro – tranquila, tranquila que yo estoy
aquí – Ella intentó apartarse, pero se sentía tan débil que a duras penas pudo
mover el rostro - ¡Déje…! ¡Déjeme! – Lanzaba gritos ahogados. Sintió un punzón
en el pecho, su corazón estaba tan desgastado que, al aumentarse el pulso por el temor,
sintió dolor en sus ventrículos – ¡Ay! querida – decía él sin dejar de
acariciarla – entrégate tranquila, que yo me encargaré de que tu cuerpo tenga
un buen destino – Tras escuchar esto, Ana sintió dos labios carrasposos besarle
la frente – Puedes irte en paz – sus miembros dejaron de responderle y sintió
como si el agua entre las venas empezara a congelarse – ¡Sol…! ¡Sola! – procuraba decir mientras el aire se le escapaba de los pulmones - ¡Vaya…. Váyase!
Shh shh, no hables amor, escucha el silencio del fin. Deja
que su paz invada tus oídos, olvida los fonemas, olvida el ruido de tu boca,
solo escucha la serenidad, entrégate – El rostro de Ana estaba cubierto de
lágrimas. Su mente estaba más activa que nunca, pero su cuerpo ahora estaba
petrificado. Sintió cada fibra, cada célula, cada nervio, como una celda, una
prisión para su conciencia, que luchaba desesperada por no apagarse. Aún podía
ver pero no mover los ojos y su visión era borrosa pues no podía retirar las
lágrimas que reposaban sobre sus párpados.
Sintió los brazos de él, podridos y viscosos, envolver su
cuerpo – Ya está, ya está, cariño – le decía mientras ponía los labios sobre
los de ella. Acto seguido, sintió cómo le introducía al interior de su boca la
lengua, esta era larga y carrasposa; la sintió juguetear con su paladar, recorrer
sus dientes y dar algunos golpecitos sobre sus papilas – Entrégate amor,
entrégate – Odio, profundo e intenso odio, se reunió en su diafragma, acompañado
de una tortuosa sensación de impotencia e ira. El cúmulo de sensaciones viajaba
de su estómago a su pecho e inútilmente se trepaba por la garganta para intentar rechazar el órgano extraño que se deslizaba repulsivamente entre sus encías.
Aquella lengua fue ingresando a mayor profundidad hasta llegar
a la laringe. Torpemente, el conducto intentó oponerse al invasor, no obstante,
sin mayor dificultad, este logró cortar el flujo del aire. Ana, angustiada, con
el corazón adolorido e invadida por la sensación de ahogo, gritó en silencio e
inmóvil, mientras las tinieblas iban ocupando su campo visual. Su sistema
respiratorio colapsó rápidamente, causando que sus pensamientos fueran más
convulsos e incoherentes por causa de la falta de oxígeno.
Pataleó sin moverse y sollozó sin proferir ningún sonido. Finalmente, tanto su mente como su cuerpo sucumbieron. Se veía a través de la ventana como de las nubes grisáceas caían gruesas gotas de lluvia que empapaban el pavimento. Las ventanas estaban cerradas y, pese a las tres capas de cobijas, Ana nunca dejó de estar fría.
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